Primero viene el veneno y luego la pena
Celine y Rumi al pasar de los años. Una historia sobre la infancia de Rumi y cómo se reconcilia con Celine en su adultez.
Capítulo 2
Dos años después, Rumi se encontraba en la sala principal del templo de la estancia. Entró descalza como siempre e hizo una reverencia frente al altar del lugar, que tenía tres estatuas.
Una de sus tareas ese día era hacerle mantenimiento, así que después de barrer cambió las velas que ya estaban derretidas por unas nuevas. Lo hizo con mucho cuidado, ya que recordaba que el año pasado algunas salas secundarias del lugar -que contenían altares a otros bodhisattvas- se habían incendiado. Al estar hecho de madera y tener muchas velas e incienso, el templo era mucho más vulnerable a los incendios que otras construcciones.
Al menos -pensaba Rumi- esos eventos forzaron a Celine a renovar el templo con ayuda de Ji-hye. Anteriormente, se notaba mucho que había sido construido hace cien años o más, pero tras la renovación, parecía nuevo.
La madera de las paredes, el techo y los altares se había vuelto de un color vibrante, casi rojizo. Además, el arte tradicional dancheong -patrones de colores- había sido salvado de desaparecer de las paredes. Ya no había telarañas ni plantas en sus esquinas. En los días de la renovación, Celine hasta había contratado a un artista para que restaurara las pinturas que decoraban el templo; fue una de las pocas veces en las que Rumi vió a alguien en su casa que no era un familiar.
Al limpiar y acomodar los almohadones del piso y terminar sus tareas, Rumi colgó la cinta de oración que llevaba en el techo del altar: En ella, había escrito que deseaba poder invocar a su arma de la Honmoon pronto.
Hace mucho que Celine no la llevaba a conocer algún lugar hermoso como el monte, hace mucho que no mostraba estar orgullosa de ella. La última vez que la abrazó fue dos años atrás en ese lugar, y ni recordaba cuándo fue la última vez que le dijo que la quería - definitivamente antes de las marcas.
Así que, seguramente que Rumi lograra tener su arma de la Honmoon cambiaría la actitud de Celine, ¿no?
***
Ese día, Rumi se fue a entrenar sola a la sala de entrenamiento. La alfombra color crema se sentía áspera en sus pies mientras practicaba golpear a un maniquí abollado con la espada de madera de siempre. Celine estaba en alguna parte del jardín y Rumi podía escuchar cómo enterraba una pala alrededor de la maleza para aflojar la tierra y sacarla. El sonido era relajante y ayudaba a que se concentrara en su entrenamiento.
Pero unos momentos después, a Rumi le erizó la piel al sentir una fractura morada en la Honmoon. Se dejaron de escuchar los golpes de madera en madera cuando miró a su alrededor, sin saber qué hacer. Aún no tenía permitido cazar demonios, pero le daba culpa que Celine tuviera que luchar sola cada vez que aparecían...
Había silencio en lugar de movimientos de Celine: No estaba el impacto usual de sus espadas ni se oía a los demonios esfumarse al ser derrotados. Los hombros de Rumi se tensaron. ¿Y si la habían tomado por sorpresa?
Sin pensar qué haría, salió corriendo de la sala y fue al jardín; no podía evitar aguantar la respiración.
Cuando pisó el pasto, vió que Celine estaba rodeada por tres demonios, tirada en la tierra. Solamente les estaba apuntando con una guadaña, ¿por qué no había sacado sus espadas dobles?
Entonces, Celine se dió cuenta de que Rumi estaba ahí, parada en el arco de la puerta corrediza que daba al jardín. Sus ojos estaban muy abiertos y brillantes como los de un ciervo - casi podía escuchar sus pensamientos: "No te acerques o te van a lastimar también".
Rumi apretó los puños y dientes, su corazón palpitaba con ira. ¿Por qué siempre querían herir a Celine? ¿Por qué no podían dejarlas vivir en paz?
De repente, Rumi sintió el llamado de la Honmoon en las puntas de sus dedos. Hizo un movimiento con el brazo derecho y sintió como si estuviera metiendo la mano en un pozo. La sacó, y ahí estaba. Su arma brillante proveniente de aquella barrera ancestral, una espada Saingeom.
—¡Déjenla en paz! —exclamó Rumi.
Los demonios se lanzaron a atacarla con sus garras, pero Rumi los detuvo usando la hoja de su espada como escudo. Los empujó hacia atrás e hizo un corte en el aire que los hizo retroceder aún más y caer al suelo. Entonces, Rumi dió un salto, levantó la espada e hizo un corte diagonal que partió a uno de los monstruosos demonios a la mitad. A el que estaba al lado -que no tenía cara- lo apuñaló en el pecho antes de que pudiera reaccionar, y lo convirtió en polvo. En cuestión de minutos, quedaba uno solo, que al encontrarse con la mirada fría de Rumi, optó por escapar de la pelea al teletransportarse de vuelta al reino de Gwi-Ma.
Rumi se quedó mirando a su alrededor con la Saingeom en las manos, con la adrenalina corriendo por sus venas. Tras unos momentos, se dió cuenta de lo que había pasado y sonrió. ¡Había salvado a Celine!
Guardó su espada y fue dónde ella, que aún estaba tirada en el suelo.
—¿Viste lo que hice? —dijo Rumi felizmente.
Le extendió la mano para que se levantara, pero Celine no la tomó. Estaba pálida, su cuerpo se alejaba de ella un poco, y miraba a Rumi como a una desconocida. Como si no fuera su hija adoptiva, sino un demonio más. Se le borró la sonrisa a Rumi; el peso de cómo la estaba juzgando hizo que le ardieran las marcas bajo su uniforme blanco.
Claro. Rumi debía ser fuerte, pero no demasiado. De lo contrario asustaría a Celine, ¿no? No tenía ningún sentido.
—Sí —respondió Celine. Finalmente tomó su mano y se levantó.
Estuvo a punto de hablar varias veces, pero no podía. Se pasó los dedos por el cabello y respiró.
»Ya tienes tu arma de la Honmoon —dijo—. Se supone que no debes tenerla hasta los quince años. ¿Cómo es posible que seas tan poderosa?
—Porque me entrenaste para que lo sea —respondió Rumi con simpleza. Pensó, entonces, que tendría que haber usado su cinta de oración para pedir otra cosa.
Celine le sonrió nerviosamente.
—Sí. Gracias —murmuró.
Entonces, Celine tomó la guadaña y, torpemente, siguió trabajando en el jardín, sin decir nada más. Rumi se quedó ahí parada. ¿Esto era todo? Ya estaba lista para cazar después de años de entrenamiento... ¿Y esto era todo? ¿No le iba a decir que estaba orgullosa?
—¿Por qué me miraste así? —le preguntó Rumi.
Celine giró la cabeza, confundida.
—¿Cómo?
Rumi frunció las cejas.
—Como la tía Da-som. Cuando ella apareció en los incendios del año pasado, ella me miró así.
Celine entrecerró los ojos y después suspiró, con los ojos cerrados. Nunca hablaban de eso.
—No era mi intención. Solo me... sorprendí. Lo siento.
Rumi tenía mil cosas para decir, pero no había caso.
—...No hay problema.
Celine asintió.
—Ayúdame con el jardín.
Rumi empezó a sacar la maleza del suelo junto a Celine. Hubo un silencio incómodo por unos minutos.
—¿Y por qué no invocaste tus armas? Solamente usaste la guadaña —preguntó Rumi.
Celine la miró con tristeza.
—Cuando me atacaron, me di cuenta de que perdí mi conexión con la Honmoon. Aún puedo verla, pero no me responde. Sabía que en algún momento iba a pasar, pero no pensé que sería tan pronto. —Le sonrió a Rumi—. Ahora entiendo por qué ocurrió: Es porque terminó de conectar contigo. Ahora... Dependemos de ti.
Rumi tragó saliva.
—Dependemos de mí —repitió.
***
Rumi pasó tres años mejorando su estilo de pelea, su canto, y cazando demonios. Celine seguía siendo distante con ella, menos cuando le trenzaba el pelo frente a la tumba de Mi-yeong. Ese era un momento precioso para Rumi y uno de los pocos que aún podía conservar: Cuando Celine cantaba el mantra de las cazadoras junto a ella, y gentilmente separaba su pelo con los dedos. Cuando terminaba la canción, y hablaban por unos treinta minutos. Sobre Mi-yeong, sobre el futuro de Rumi. Y por una vez, Rumi no tenía que estar en posición de pelea, simplemente podía relajarse sabiendo que Celine estaba con ella.
A veces, le daba sueño estar sentada sin moverse por tanto tiempo y Celine le decía que no bostezara. Y Rumi bostezaba más fuerte para molestarla y Celine se reía. Rumi casi no escuchaba su risa últimamente.
Entonces, Rumi cumplió catorce años. Terminaron de festejar, y Rumi se puso a lavar los platos, con el pelo atado en un rodete. Todavía no había llegado la hora de que Celine la peinara.
—Ven. Quiero presentarte a alguien —dijo Celine, que cerró la canilla.
Los ojos de Rumi se iluminaron. Ella siguió a Celine hasta el portón por fuera del templo. Allí, había una mujer con pelo corto, flequillo y lentes que sonreía con entusiasmo.
—Rumi, ella es Mi-sun. Mi-sun, Rumi —las presentó Celine—. Voy a estar ocupada haciendo audiciones para encontrar a tus futuras compañeras, Rumi, así que ella se va a encargar de hacer tu peinado por ahora, porque es muy tardado.
Los ojos de Rumi se llenaron de tristeza.
—Ah... —murmuró con decepción—. Es un gusto conocerla, Mi-sun.
Mi-sun hizo una reverencia.
—Lo mismo digo, Rumi. Celine ya me explicó cómo hacer la trenza como te gusta, así que no va a haber ningún problema.
—Genial —respondió. Después, Rumi se dirigió a Celine—. ¿Es mi regalo de cumpleaños?
Celine, que ya estaba vestida de traje para irse, le sonrió.
—Sí, y también que no vamos a entrenar hoy.
***
Esa tarde, Rumi se sentó con Mi-sun en la sala mientras Celine se iba a la ciudad a hacer las audiciones. No era lo mismo - Mi-sun tenía uñas largas que le hacían doler y no se quedaba hablando con ella como Celine. Este era el momento favorito del día de Rumi, y estaba completamente arruinado...
Los ojos de Rumi se llenaron de lágrimas, pero no cayeron. «Mis miedos y fallas no muestro jamás», pensó.
Al menos, pronto Rumi iba a conocer a sus compañeras, y no iba a volver a estar así de sola jamás, o eso deseaba con todo su corazón.
Cuando Mi-sun terminó su trabajo y se fue, Rumi fue al altar y puso una nueva cinta de oración que decía: «Deseo poder conocerlas pronto».

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